Transgénero que huyen de la violencia se unen a caravana

En esta foto del 2 de noviembre de 2018, los migrantes centroamericanos que viajan en un camión se burlan de un grupo de transexuales que también forman parte de la caravana que espera llegar a la frontera de Estados Unidos camino a Donají, México. (AP Foto / Rodrigo Abd)

Por SONIA PÉREZ D.,  Associated Press

MATÍAS ROMERO, México — Decenas de transgénero que salieron de Centroamérica y viajan por México buscando asilo en Estados Unidos se han unido para protegerse, no del viaje lleno de peligros sino de los ataques de sus compañeros de travesía.

En esta foto del 2 de noviembre de 2018, miembros de un grupo de transexuales que viajan con la caravana de migrantes centroamericanos que espera llegar a Estados Unidos, corren hacia un camión que se detuvo para darles un paseo camino a Sayula, México. (AP Foto / Rodrigo Abd)

Huyen de la pobreza, la violencia y la discriminación que padecen en sus países, pero han encontrado que el periplo hacia el norte es igual de amenazante.

“Cosita rica”, “¿Mami adónde vas?”, “¿Cuánto cobras?”, son algunos de los insultos que recibe a diario el grupo que viaja junto a la caravana.

La salvadoreña Loly Méndez, de 28 años, conoce muy bien a lo que se arriesga en su país: su mejor amiga fue asesinada por su condición de transgénero. “Yo iba a comenzar mi transición, pero me llegaron a amenazar que si me iban a crecer los pechos me los iban a cortar”, contó. Las amenazas eran anónimas, lo que le provocó temor y la impulsó a huir.

“En mi país hay violencia, falta de trabajo y de oportunidades y cuando tienes el entusiasmo de ser alguien en la vida, eso no te tiene que parar”, dijo Loly y aseguró que “también en la caravana hay violencia hacia la comunidad LGBTI”.

Loly se unió a la caravana en Tapachula, en el sur de México, una semana después de que ésta había iniciado su viaje desde Honduras. Cuando vio en las redes sociales que la caravana avanzaba pensó que era su oportunidad. Espera trabajar en Estados Unidos y comenzar una empresa de productos de belleza -quizás en Los Ángeles o Nueva York-, una idea que lleva tiempo madurando pero para la que no tiene el dinero necesario para concretar.

“Voy para un país donde yo sé que voy a lograr mis sueños”, dijo esperanzada.

En esta foto del 2 de noviembre de 2018, la transexual hondureña Alexa Amaya se maquilla mientras viaja en la parte posterior de un camión a Sayula, México. (AP Foto / Rodrigo Abd)

En muchas partes de Centroamérica son comunes los reportes de asesinatos, agresiones y discriminación debido a la identidad de género u orientación sexual.

Pero obtener asilo es Estados Unidos es difícil aunque se tengan pruebas de que alguien ha sido víctima de persecución por su condición sexual, dijo Lynly Egyes, directora de litigio del Centro Legal Transgénero en Oakland, California.

Toma días o a veces semanas que las migrantes transgénero obtengan una audiencia con un oficial de asilo. Si se les permite avanzar en el proceso, muchas están traumatizadas y tienen problemas para contar sus historias, dijo Egyes. También es mucho menos probable que se les conceda asilo sin un abogado.

“Es un proceso horrible y no todas lo logran”, dijo Egyes.

Temerosas de ser atacadas o abusadas sexualmente, se mantienen unidas las 24 horas, caminan y duermen en grupo e incluso van en parejas al baño. Son unas 50 transgénero de entre 17 y 60 años.

En el trayecto no sólo han sufrido acoso, también han sido víctimas de robos y agresiones. Cuando caminaban en fila por la carretera entre Acayucan e Isla, en el estado de Veracruz, un grupo de migrantes subidos a un tráiler les lanzó agua, naranjas y basura.

En Matías Romero, en el sueño estado de Oaxaca, no quisieron dormir en el parque donde la caravana de detuvo a descansar. Se ubicaron en un hotel abandonado tras un terremoto en 2017 que estaba al lado, sucio, sin ventanas, puertas o servicios. Allí se bañaron a la luz de una pequeña linterna, se pusieron sus mejores vestidos y se maquillaron.

“Las chicas”, como se autodenominan, llaman la atención por su maquillaje perfecto, sus coloridas cabelleras, sus cuerpos finos y delgados y sus vestidos amarillos, rosados, blancos y azules. Cada noche buscan cómo acicalarse y ahí surge uno de los conflictos comunes. “Tenemos problemas al momento de ir al baño”, contó Nakai Flotte, una activista y transgénero que integra el grupo. “Nos bañamos en el de hombres, a veces en el de mujeres, pero es difícil, no hay uno para nosotras”.

Nakai acompaña al grupo para apoyarlas en sus dudas sobre la migración y el asilo. Estados Unidos “deberá tomar en cuenta su condición de vulnerabilidad y violencia”, dijo la activista.

Sin embargo, la decisión del ex fiscal general Jeff Sessions de negar asilo a las víctimas de la violencia doméstica y de las pandillas podría tener un impacto negativo en las transgénero, que suelen ser uno de los blancos favoritos de las maras.

“Yo sé que será difícil conseguir un asilo, pero tenemos que hacer el intento”, explicó Alexa Amaya, una exuberante morena de pelo rojo que caminaba por la carretera cargando unas pocas pertenencias. Alexa tiene 24 años y viene desde Copán, Honduras.

La caravana ha recorrido más de 2,000 kilómetros desde que partió de San Pedro Sula, Honduras, el 13 de octubre. Ha atravesado Guatemala y aunque ya recorre las tierras altas del centro de México todavía se encuentra lejos de su objetivo: Tijuana, al otro lado de la frontera con San Diego.

Aunque gran parte del viaje ha sido a pie, los recorridos en automóviles, camionetas, minibuses y remolques han sido cruciales, especialmente los días en que la caravana recorre 160 kilómetros o más. Pero para el grupo ha sido muy difícil encontrar conductores dispuestos a darles un aventón.

“Un taxista nos bajó de su carro”, recordó la hondureña Lady Pérez, de 23 años, y relató que cuando un camionero cobra pasaje por llevar a los migrantes a ellas les doblan o triplican el precio. Al ver que nadie las llevaba, vehículos oficiales de grupos de derechos humanos optaron por transportarlas.

Lady empezó a identificarse como mujer a los cinco años. De su padre recibió insultos y golpes, luego fue la familia y después de la sociedad, que la discriminó. Su novio fue asesinado y a ella la amenazaron para que abandonara el país.

Caminando con una minifalda negra y una camisa a cuadros, los labios pintados de rojo y los ojos delineados en negro, contó que muchos hombres las han acosado durante el viaje.

“Nos han denigrado, se supone que estás migrando de tu país por la violencia y la discriminación, la homofobia, y resulta que en la misma caravana te encuentras con esa violencia”, dijo. Pero no pierde la fe de que con valor y paciencia logrará llegar a Estados Unidos y todo cambiará.

Ante el constante acoso, la coordinación de la marcha y organizaciones de derechos humanos que la acompañan dispusieron que dos hombres con chalecos verdes vayan junto al grupo para evitar agresiones.

“Mientras no se pasen de la raya nos sentimos protegidas”, dijo Loly. “Si alguno se pasa de la raya, derechos humanos está al día con nosotras para protegernos”.

EEUU planea restringir solicitudes de asilo

EEUU planea restringir solicitudes de asilo

Un grupo de migrantes centroamericanos, parte de los miles que conforman una caravana que trata de llegar a la frontera con Estados Unidos, emprende una marcha de horas hacia la sede del órgano de derechos humanos de Naciones Unidas en Ciudad de México, el jueves 8 de noviembre de 2018. (AP Foto/Rebecca Blackwell)

Por COLLEEN LONG,  Associated Press

WASHINGTON, D.C. — El gobierno del presidente Donald Trump dijo el jueves que negará asilo a los migrantes que entren al país de manera ilegal, recurriendo a una facultad presidencial extraordinaria para reforzar la frontera mientras caravanas de migrantes centroamericanos se acercan lentamente a su frontera.

El objetivo de las reglas es acelerar los dictámenes en las solicitudes de asilo, en lugar de que los migrantes intenten eludir los cruces oficiales en la frontera de casi 2,000 millas. Pero los ajetreados cruces fronterizos de antemano registran largas filas y esperas, lo que obliga a los agentes de inmigración a pedir a migrantes que vuelvan después a presentar sus solicitudes.

La medida en parte fue motivada por las caravanas de centroamericanos que caminan hacia la frontera, pero será aplicada a todo aquel que sea sorprendido cruzando sin autorización legal, indicaron funcionarios.

Se desconoce si quienes conforman las caravanas, muchos de los cuales huyen de la violencia en sus países, planean cruzar de forma irregular. Ahora se encuentran a unas 600 millas de distancia. Trump ha jurado impedir que entren al país.

Las nuevas reglas serán incorporadas a una proclama presidencial que se espera sea emitida el viernes, en la cual Trump apelará a las mismas facultades que usó para impulsar una restricción a la admisión de ciudadanos de ciertos países que fue ratificada por la Corte Suprema, de acuerdo con altos funcionarios del gobierno que hablaron con The Associated Press a condición del anonimato al no estar autorizados a discutir públicamente sobre el tema. Las regulaciones eludirían leyes que señalan que cualquier persona es elegible a asilo sin importar la manera en que ingresó al país.

Funcionarios del gobierno federal afirmaron que a quienes se les niegue asilo bajo la proclama, podrían ser elegibles para recibir formas similares de protección si temen regresar a sus países, si bien estarían sujetos a un proceso más estricto. Tales formas de protección incluyen “aplazamiento de expulsión” –que es similar al asilo, pero no concede residencia permanente para inmigrantes ni el ingreso de sus familias– o el asilo bajo la Convención de Naciones Unidas contra la Tortura.

El anuncio fue el intento más reciente por imponer la postura de línea dura de Trump en relación con la inmigración a través de cambios de reglamento y decretos, medidas con las que se evita el aval del Congreso. Pero tales intentos han sido en su mayoría frustrados por impugnaciones legales, y en el caso de la separación de familias de este año, el repudio a nivel mundial causó que Trump diera marcha atrás.

Es prácticamente seguro que las nuevas reglas también se enfrentarán a impugnaciones legales.

Trump insinúa que hay terroristas en caravana

Trump insinúa que hay terroristas en caravana

Migrantes hondureños caminan sobre el puente que cruza el Río Suchiate que divide a México de Guatemala, en Tecún Umán, Guatemala, el domingo 21 de octubre de 2018. (AP Foto/Oliver de Ros)

Por CHRISTOPHER SHERMAN,  Associated Press

CIUDAD DE MÉXICO, México — El presidente Donald Trump no ha dado evidencia que respalde su afirmación de que “hombres desconocidos de Medio Oriente están mezclados” con los migrantes centroamericanos que avanzan hacia la frontera sur de Estados Unidos. Periodistas de Associated Press que han viajado junto al contingente durante más de una semana no han visto nada que respalde dicha declaración.

TRUMP: “Tomen sus cámaras, métanse en medio y busquen. Van a encontrar MS-13, van a encontrar a gente de Medio Oriente, van a encontrar de todo. Y ¿saben qué? No vamos a dejar que entren al país. Queremos seguridad”, dijo el lunes a los reporteros.

TRUMP: “Tristemente, parece que la policía y el ejército de México son incapaces de detener a la caravana que viene hacia la frontera sur de Estados Unidos. Delincuentes y personas desconocidas de Medio Oriente viajan con ellos. He alertado a la Patrulla Fronteriza y al ejército de que esto es una emergencia nacional. ¡Debemos cambiar las leyes!”, tuiteó el lunes.

LOS HECHOS: A menos de que Trump posea información desconocida para el público, su declaración parece basarse en viejos rumores de terroristas islámicos que ingresan a Estados Unidos desde México. No se tiene registro de que eso haya sucedido alguna vez.

La mayoría de los migrantes que integran la caravana provienen de Honduras, donde comenzó, así como de El Salvador y Guatemala. En términos generales, son pobres, cargan con las pertenencias que les quepan en la mochila y huyen de la pobreza y la violencia provocada por las pandillas.

¿Hay criminales mezclados en la multitud? Posiblemente sea cierto, considerando el gran número de migrantes. Trump no sustentó su afirmación de que el grupo incluye, en particular, a miembros de la pandilla MS-13.

Algunos migrantes se enfrentaron a la policía mexicana en la frontera con Guatemala, arrojándoles piedras y otros objetos durante su intento por cruzar el puente internacional. Líderes de la caravana señalaron que expulsaron de la procesión a los rijosos, dando muestras de control interno. Al final, la mayoría de ellos ingresaron a Guatemala — y posteriormente a México — eludiendo ilegalmente los puestos de revisión migratoria.

Fuera de eso, la caravana ha sido sumamente pacífica, recibiendo aplausos y donativos de alimentos de los residentes de las localidades por las que cruzan. La policía mexicana ya no ha vuelto a intentar detenerlos.

Las autoridades guatemaltecas señalaron que hace dos años detuvieron a varios ciudadanos sirios con documentación falsa y los deportaron. No se difundió públicamente evidencia que los conectara al grupo Estado Islámico o a esta caravana migrante.

Miles de migrantes en México reanudan su marcha hacia EEUU

Miles de migrantes en México reanudan su marcha hacia EEUU

Migrantes centroamericanos caminan en una carretera de Ciudad Hidalgo, México, rumbo a la frontera de Estados Unidos, el domingo 21 de octubre de 2018. (AP Foto/Moisés Castillo)

TAPACHULA, México (AP) — Miles de migrantes hondureños que buscan llegar a Estados unidos descansaron en aceras, bancos y plazas públicas en la sureña ciudad mexicana de Tapachula, agotados por otro día de caminata bajo un ardiente sol.

Migrantes hondureños esperan ser atendidos por las autoridades de migración de México en un puente fronterizo en Tecún Umán, Guatemala, el domingo 21 de octubre de 2018. (AP Foto/Oliver de Ros)

Manteniéndose juntos para seguridad y fuerza, algunos se refugiaron bajo un techo de metal en la principal plaza de la ciudad el domingo por la noche. Otros yacieron exhaustos al aire libre, con apenas finas capas de plástico protegiéndoles de la tierra húmeda a causa de un fuerte aguacero vespertino. Otros ni siquiera tenían esa protección.

La creciente caravana de migrantes hondureños cruzó la frontera sureña de México el domingo rumbo a Estados Unidos, evadiendo a los agentes mexicanos que brevemente les bloquearon el paso junto a Guatemala.

A cada paso recibían ayuda de mexicanos solidarios en forma de alimentos, agua y ropa. Cientos de habitantes en pickups, camionetas y camiones de carga se detuvieron para permitirles subir.

El avance del grupo ha sido criticado fuertemente por el presidente estadounidense Donald Trump, que de nuevo fustigó el domingo al Partido Demócrata por lo que él considera un asunto ventajoso para los republicanos a poco más de dos semanas de las elecciones legislativas.

Tras culpar a los demócratas por “leyes débiles” de inmigración días antes, Trump dijo en Twitter: “Las caravanas son una desgracia para el partido Demócrata. ¡Cambien las leyes de inmigración ahora!”.

“Se hacen todos los esfuerzos para detener la arremetida de extranjeros ilegales para que no crucen nuestra frontera sureña”, dijo en otro tuit. “La gente debe solicitar asilo en México primero y, si no logran hacerlo, Estados Unidos los regresará. ¡Las cortes piden que Estados Unidos haga cosas imposibles!”.

El presidente electo mexicano Andrés Manuel López Obrador insinuó el domingo que Estados Unidos, Canadá y México trabajarían para elaborar un plan conjunto para financiar el desarrollo en áreas pobres de Centroamérica y el sur de México.

“No queremos acciones temporales porque si no se atiende el problema de fondo, la gente siempre va a buscar la posibilidad de mejorar. La gente no abandona sus pueblos por gusto, lo hace por necesidad”, dijo López Obrador, que toma posesión el 1 de diciembre.

La caravana de migrantes, que comenzó hace más de una semana con menos de 200 participantes, ha atraído más personas a lo largo de la ruta y creció a unos 5,000 el domingo luego que muchos encontraron formas de cruzar de Guatemala a México mientras la policía mexicana bloqueaba el cruce oficial.

Más tarde, las autoridades en Guatemala dijeron que otro grupo de unos 1,000 migrantes habían ingresado a ese país desde Honduras.

Migrantes centroamericanos que buscan llegar a Estados Unidos en una masiva caravana descansan en la acera en un parque céntrico en la ciudad de Tapachula, en el sur de México, el domingo, 21 de octubre del 2018. (AP Foto/Moises Castillo)

En decenas de entrevistas a lo largo del viaje, los migrantes dijeron que huían de la extensa violencia, pobreza y corrupción en Honduras. La caravana es diferente de migraciones masivas previas por sus números sin precedentes y porque comenzó de forma mayormente espontánea.

Besi Jacqueline López, de la ciudad hondureña de San Pedro Sula, llevaba un oso de peluche dentro de un gorro invernal que se veía fuera de lugar en el calor tropical. El oso es el juguete favorito, y único, de sus dos hijas, Victoria de 4 años y Elisabeth de 3, quienes caminaban trabajosamente a su lado cubiertas de sudor.

Graduada en administración de empresas, López dijo que no encontraba trabajo en Honduras. Quiere llegar a Estados Unidos, pero se quedaría en México si puede hallar un empleo.

“Mi meta es encontrar trabajo para un mejor futuro para mis hijas”, señaló.

Cientos de migrantes presentaron solicitudes de refugio en Ciudad Hidalgo, en el sur de México.

Sin embargo, un grupo mucho más grande vadeó el río Suchiate desde Guatemala al lado mexicano de forma individual y por decenas a la vez, y resumieron la marcha al amanecer, de a 10 en fondo, sobre la carretera.

“¡Sí se pudo!”, gritaban.

Después de que los migrantes llegaran al puente fronterizo, la caravana creció incluso más durante la noche, a aproximadamente 5,000 personas.

No estaba claro de inmediato de dónde provenían los viajeros adicionales, puesto que unos 2,000 estaban reunidos en el lado mexicano el sábado por la noche. Sin embargo, a diario se han visto personas que se unen a la caravana y otras que la dejan, algunas avanzando a su propio ritmo y agrupadas en una serie de columnas.

Jesús Valdivia, de Tuxtla Chico, México, fue uno de varios que detuvieron su pickup para permitir que 10, incluso hasta 20 migrantes, se subieran a la vez, a veces causando que la suspensión del vehículo crujiera bajo el peso.

“Hay que ayudar al prójimo. Hoy es para ellos, mañana para nosotros”, dijo Valdivia, y agregó que estaba recibiendo un valioso obsequio de las personas a quienes ayudaba: “De ellos aprendemos a valorar lo que ellos no tienen”.

Los camiones de carga que pasaban eran abordados rápidamente por decenas de migrantes, y algunos mototaxis sobrecargados llevaban hasta seis personas.

Brenda Sánchez de San Pedro Sula, quien iba en la camioneta de Valdivia con tres sobrinos de 10, 11 y 19 años, le dio “gracias a Dios y a los mexicanos que nos han ayudado”.

Incluso tuvo palabras amables para la policía mexicana: “Estamos muy agradecidos con ellos porque, a pesar de que nos cerraron las puertas, vienen atrás de nosotros cuidándonos”.

La policía federal mexicana monitoreaba el domingo los avances de la caravana desde un helicóptero y algunas unidades la escoltaban. A las afueras de Tapachula, unos 500 elementos de la policía federal se reunieron a lo largo de la carretera en camiones y patrullas, pero las autoridades dijeron que habían recibido instrucciones de mantener la fluidez del tránsito y no de detener a la caravana. Se dirigían hacia Tapachula antes de que los miles de migrantes los alcanzaran.

Mientras los migrantes pasaban por las comunidades mexicanas a las afueras de Ciudad Hidalgo eran recibidos con aplausos, cánticos solidarios y donaciones de comida y ropa por parte de los mexicanos.

María Teresa Orellana, residente del vecindario de Lorenzo, entregaba sandalias.

“Es solidaridad”, comentó. “Son nuestros hermanos”.

Las autoridades federales y del estado de Chiapas ofrecían apoyo a los migrantes, incluida asesoría legal para quienes solicitaban asilo, indicó la Secretaría de Gobernación de México en un comunicado. También difundió un video en el que se ve a empleados repartiendo comida y medicamentos, y proporcionando atención médica.

Cientos de deportados a Centroamérica huyeron de pandillas

Un miembro de la mara Barrio 18 entra al Centro de Justicia de El Salvador, el 2 de julio de 2018. Barrio 18 y su rival, la Mara Salvatrucha, se reparten los vecindarios de clase obrera como si de un tablero de ajedrez se tratase. Extorsionan a quienes hacen negocio en sus territorios. Y quienes se niegan a pagar, son asesinados. (AP Foto/Salvador Meléndez)

Por ANDREW SELSKY

SAN SALVADOR, El Salvador (AP) — ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué viajó más de mil millas en autobús y luego vadeó el Río Grande con un pequeño grupo de viajeros desesperados? ¿Por qué se adentró en el árido paisaje de Texas con nada más que la gorra negra de su esposo para protegerse del sol?

Es simple, dijo la mujer.

Un grupo de miembros de la pandilla Barrio 18, caminan en fila y con grilletes hacia el Centro de Justicia de San Salvador, el 2 de julio de 2018. (AP Foto/Salvador Melendez)

Había perdido a dos hijos por la violencia de las pandillas que reina en El Salvador. Su miedo, explicó, era que los asesinos “quieran terminar con la familia”.

Así que la pareja puso rumbo a Estados Unidos el 13 de mayo con la esperanza de llegar a Houston y reencontrarse con el único hijo que les queda vivo, que cruzó la frontera estadounidense hace un año.

Pero no lo lograron. Apenas una hora después de entrar a Texas, fueron capturados por la Patrulla Fronteriza, separados y encarcelados. La madre, con las muñecas y los tobillos encadenados, fue deportada el jueves junto con alrededor de 100 migrantes a El Salvador.

Miles de personas están en su misma situación: huyen de las pandillas extremadamente violentas de El Salvador, Honduras y Guatemala pero son interceptados cerca de la frontera de Estados Unidos y devueltos a sus países por la política de tolerancia cero del presidente Donald Trump.

Trump tuiteó en junio que los “inmigrantes ilegales, no importa lo malos que puedan ser… entran e infestan nuestro país, como MS-13”.

Sin embargo, son pocos los miembros de estas organizaciones que intentan entrar a Estados Unidos. En el año fiscal de 2017, la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos realizó 310,531 detenciones de personas que estaban en el país de forma ilegal, pero solo el 0.09% de los casos pertenecían a las maras que operan en Centroamérica, según las estadísticas de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza.

En cambio, es más común que las personas que escapan de esas bandas sean las que intentan cruzar la frontera estadounidense.

El 2000, los agentes fronterizos interceptaron a 1,6 millones de inmigrantes en la frontera suroccidental. De ellos, el 98% eran mexicanos y apenas 29,000 procedían de otras naciones.

Pero en 2017 las autoridades estadounidenses sorprendieron a casi 163,000 migrantes de El Salvador, Guatemala y Honduras frente a unos 128,000 mexicanos.

“Esta es gente que, en su gran mayoría, está huyendo de la violencia”, señaló Kathy Bougher, una estadounidense que investiga el costo humano de la inmigración. “Y necesitan seguridad”.

Son personas como la mujer que estaba en el centro de inmigración para “repatriados”, sumida de nuevo en la pesadilla de regresar a uno de los países más violentos del mundo.

“Tengo miedo”, señaló mientras esperaba a ser procesada para su regreso. Un funcionario gubernamental llamó por su nombre a otros retornados, que estaban sentados en sillas de plástico naranja, para poder devolverles sus posesiones, metidas en pequeñas bolsas de plástico.

Por temores sobre su seguridad, la mujer habló con The Associated Press solo bajo la condición de que no sería identificada. Con su larga melena trenzada en un moño y vestida con unos ajustados pantalones vaqueros y una camiseta blanca manchada a la altura del estómago, la zona donde estaban las cadenas que llevó en el vuelo de deportación, apuntó que no tenía otra opción más que regresara su casa.

Temía retornar a una localidad en la que las calculadoras pandillas ejercen el control, a un lugar donde sus miembros a menudo obligan a mujeres jóvenes a convertirse en esclavas sexuales, y matan a las que se niegan.

La simple sospecha de ser leal a una banda rival es una sentencia de muerte. Muchas víctimas de este tipo de violencia suelen ser enterradas en fosas comunes y nunca se llegan a ser encontradas.

Un día del pasado mes de noviembre, la hija de 19 años de la mujer salió de su casa. Iba a ver a una amiga, contó.

“Ella me dijo ‘Mira mami, ya voy a venir. Voy allí no más’”, recordó la mujer. “Pero de allí no regresó ella”.

La mujer explicó que acudió a la policía y a la fiscalía, pero nadie siguió el caso.

Cuatro meses más tarde, su hijo de 15 años le dijo que iba a comprar. Tampoco regresó y la madre decidió marcharse antes de que ella y su pareja desaparecieran también.

En la capital de El Salvador la amenaza de las maras no está presente a simple vista. El caótico tránsito de San Salvador discurre junto a hoteles, restaurants de comida chatarra estadounidenses, edificios de oficinas de concreto y verdes rotondas.

Pero a lo largo de las avenidas hay estrechas calles que llevan a vecindarios de clase baja, con chabolas con tejados de metal, muchas de ellas levantadas por refugiados de la guerra que sacudió el país entre 1980 y 1992. Estos son los lugares donde los jóvenes que se unieron a pandillas en Los Ángeles, o quienes que formaron las suyas para protegerse a sí mismos y a su comunidad de los refugiados, echaron raíces tras ser deportados desde Estados Unidos.

Hoy en día, los jóvenes merodean por las entradas con celulares, para enviar una alerta si la policía o extraños acceden a la zona. Se les llama “posteros”, como los omnipresentes postes de concreto de los servicios públicos que pueblan el país.

Incluso La Chacra, el barrio o “colonia” donde se ubica el centro para inmigrantes detrás de altos muros de piedra, está controlado por la Mara Salvatrucha.

MS-13, como se conoce también a la organización, y su rival Barrio 18 se dividen los vecindarios de clase obrera como si de un tablero de ajedrez se tratase. Extorsionan a quienes hacen negocio en sus territorios. Y quienes se niegan a pagar, son asesinados.

El conductor de Uber José Antonio Avalos sabe bien lo que es manejar en una de esas barriadas.

“Todas las mañana, recojo a una niña frente a la colonia”, dijo Avalos, señalando a una zona estrecha en una sección de La Chacra mientras pasa por la calle principal. “No puedo entrar porque me pedirán mi carné. Si por tu dirección ven que eres de una zona de la ciudad controlada por la banda rival, pensarán que los estás espiando y podrían matarte. Si tienes suerte, te dirán que te vayas y te advertirán que te matarán la próxima vez”.

El problema está tan generalizado que un legislador pidió recientemente a la Asamblea Legislativa que los carnés no incluyan dirección “para salvar vidas”.

El gobierno salvadoreño comenzó a tomar duras medidas contra las bandas hace 15 años, lo que resultó en la encarcelación de miles de sus miembros. Sin embargo, siguen proliferando y algunas controlan sus operaciones con un celular desde el penal. El ministro salvadoreño de Defensa dijo en 2015 que en el país había 60,000 pandilleros frente a una fuerza combinada de 50,000 policías y soldados.

Los miembros de esas fuerzas de seguridad contribuyen a la violencia que está causando la migración hacia el norte. Se estima que policías y soldados, operando tanto de forma oficial como en “grupos de exterminio” clandestinos, son responsables de entre el 10 y el 15% de las amenazas y la violencia, de acuerdo con organizaciones no gubernamentales. La mera sospecha de pertenecer a una pandilla es suficiente para tener un problema.

“Ser joven en una colonia es un delito”, dijo Armando De Paz, de Cristosal, un grupo de derechos centrado Centroamérica.

Una noche de enero, la policía paró a Henry Cubías, de 22 años, cuando regresaba en bicicleta a su casa desde su trabajo como portero nocturno en una instalación de arte. Los agentes, algunos de ellos con capuchas, lo llevaron a una zona oscura y le echaron la cabeza hacia atrás tirándole de la melena, y le dijeron que podrían hacerlo desaparecer si no informaba sobre las actividades de las maras, apuntó Cubías en una entrevista. Él no tenía nada que contar porque, por el momento, ha logrado mantenerse aleado de la que controla su vecindario.

“Yo sentía ese temor porque estaba solo, no había gente”, dijo Cubías rememorando su encuentro con la policía. “Le pedí a Dios que me ayudara”.

Entonces tuvo un golpe de suerte. Su tía pasó caminando por allí y avisó a los padres del joven. Su padre y su madre, quien estaba enferma de cáncer y solo le quedaba un mes de vida, confrontaron a los agentes, que lo dejaron marchar, señaló Cubías.

Para quienes están amenazados por las pandillas, hay pocas opciones. Mudarse a otra localidad suele ser solo una solución en el corto plazo en El Salvador, que es más pequeño que el estado de Massachusetts. Al final, los miembros de las maras es probable que pregunten a los jóvenes de donde vienen. Y puede tratarse de la misma organización que controla la antigua colonia o localidad de la que procede. O podría ser una banda rival.

“Este es un país pequeño y no hay dónde esconderse”, señaló Bougher.

Se estima que el 90% de las personas que son deportadas desde Estados Unidos vuelven a intentar llegar apenas unos días después, explicó Mauro Verzeletti, un sacerdote brasileño que dirige el Centro Pastoral para Migrantes, que cuenta con albergues tanto en el país como en México.

La mujer que regresó el jueves a El Salvador dijo que no sabe si volverá a intentarlo. Primero tiene que saber cuándo regresará su pareja, que sigue detenido en Texas.

Pidió prestado un celular para llamar a un amigo que la lleve a la pequeña casa de ladrillo que pensó que había abandonado para siempre, a una vivienda llena de recuerdos de sus hijos ausentes, en un pueblo controlado por la violencia de las maras.

Preguntada por quién la esperaba allí, miró al suelo y respondió con un hilo de voz: “Nadie”.

EEUU procesa a migrantes de la caravana criticada por Trump

Un hombre, que formó parte de la carava anual de migrantes centroamericanos que recorrió México, descansa con su hija en el campamento en el que esperan para solicitar asilo en Estados Unidos, en el exterior del puerto de El Chaparral, en la frontera entre Estados Unidos y México en Tijuana, México, el 30 de abril de 2018. (AP Foto/Hans-Maximo Musielik)

Por ELLIOT SPAGAT

TIJUANA, México (AP) — Inspectores del servicio de aduanas y fronteras de Estados Unidos permitieron la entrada al país de varios solicitantes de asilo centroamericanos para su procesamiento, poniendo fin a un breve impasse por falta de espacio. Ahora, los migrantes que cruzaron México en una caravana, podrían enfrentar un largo proceso legal.

La Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos (CBP por sus siglas en inglés) no dijo cuántos miembros de la caravana pudieron cruzar la frontera el lunes, pero los organizadores dijeron que se dio permiso a ocho.

Unos 140 más siguen esperando en México para entregarse en el paso fronterizo de San Ysidro, en San Diego, el más transitado del país, dijo Alex Mensing, organizador de proyecto de Pueblo Sin Fronteras, el grupo que organizó la caravana.

“Los ánimos están altos, hubo buenas noticias para todos”, dijo Mensing desde lado mexicano de la frontera tras saber que algunos de los migrantes pudieron cruzar.

Abogados estadounidenses de inmigración, que ofrecieron asesoramiento legal gratuito en Tijuana la semana pasada, advirtieron a los migrantes que podrían ser separados de sus hijos o que podrían estar detenidos durante meses.

Los solicitantes de asilo generalmente son detenidos durante tres días en la frontera y luego son entregados al Servicio de Control de Inmigración y Aduanas. Si pasan una evaluación inicial con un funcionario de inmigración, los solicitantes pueden quedar detenidos o salir en libertad en Estados Unidos, pero con un monitor de ubicación en el tobillo, hasta que sus casos se resuelvan, algo que podría demorarse varios años.

Casi el 80% de los solicitantes pasaron la evaluación inicial entre octubre y diciembre, pero pocos de ellos obtendrán la protección de forma definitiva. La tasa de denegación de asilo entre salvadoreños fue del 79% entre 2012 y2017, según el Transactional Records Action Clearinghouse de la Universidad de Syracuse. Por detrás están hondureños, con un 78%, y guatemaltecos, con el 75%.

Funcionarios del gobierno de Trump criticaron lo que calificaron de “vacíos legales” y políticas de “detener y soltar” que permiten a los solicitantes de asilo quedar en libertad mientras sus casos avanzan en los tribunales. El presidente tuiteó el lunes que la caravana “muestra lo débiles e ineficaces que son las leyes migratorias estadounidenses”.

El secretario de Justicia de Estados Unidos, Jeff Sessions, se comprometió a enviar más jueces de inmigración a la frontera si era necesario y amenazó con abrir procesos penales. Su departamento dijo el lunes que presentó cargos por entrada ilegal al país contra 11 personas identificadas como miembros de la caravana.

La CBP explicó que la semana pasada procesó a cientos de solicitantes de asilo, muchos de ellos mexicanos, lo que contribuyó a una saturación que hizo que los oficinales rechazaran a los miembros de la caravana que comenzaron a llegar el domingo por la tarde.

Pero los solicitantes de asilo no parecieron desalentados por las demoras.

La salvadoreña Elin Orellana, de 23 años, quien está embarazada, dijo que está escapando de la pandilla MS-13, blanco favorito de Sessions y Trump debido a los asesinatos brutales que ha cometido en Estados Unidos.

Orellana dijo que su hermana mayor fue asesinada por una pandilla en El Salvador, por eso ella está tratando de reunirse con sus familiares en el área de Kansas City.

“La lucha vale la pena”, dijo el domingo mientras acampaba afuera de la entrada mexicana al cruce fronterizo.

Niños centroamericanos escriben palabras de esperanza en NY

BRENTWOOD, Nueva York — Está escrito con la letra grande y redonda de los niños. Tiene dibujadas flores de colores, árboles, ríos y rascacielos, pero a pesar de la inocencia que aparentan sus páginas, el libro esconde una dura realidad.

En esta foto del 14 de junio de 2017, Mirna Vásquez abraza a su maestra María Victoria Mendoza en su clase de sexto grado en Brentwood, Nueva York. (AP Foto/Michael Noble Jr.)

“Mi mamá me mandó traer porque en mi país me dispararon en la pierna derecha”, escribió Jocsan Hernández, de 13 años, en tinta morada.

“Estuvimos durmiendo en un bosque sin comida por tres días”, escribió Elmer Rivera, de la misma edad.

“Yo me vine porque las maras me querían secuestrar”, escribió Ezequiel Banegas, de 11 años.

Éstas y otras historias fueron plasmadas en papel por un grupo de niños centroamericanos que asiste a una escuela a las afueras de la ciudad de Nueva York. La mayoría de los 20 estudiantes huyeron de la violencia de las pandillas en sus países de origen sólo para acabar en el corazón de Long Island, una zona que ahora es testigo de esa misma violencia a manos de la pandilla MS-13.

La idea del libro surgió cuando los estudiantes empezaron a hablar un día en clase sobre su reciente experiencia como inmigrantes. “Fue una sesión de terapia en grupo que acabó convirtiéndose en este libro. Aprendí mucho al leerlo”, dijo María Mendoza, su profesora.

“Al mirar todo lo que he sufrido, he aprendido que las pruebas son para hacerte más fuerte. No te detengas. Sigue adelante”, escribió Hernández, nacido en Honduras.

En esta foto del 14 de junio de 2017, el inmigrante salvadoreño Ervin Riveraa, alumno de sexto grado, lee su historia a la maesta Alison DeFado en su escuela en Brentwood, Nueva York. (AP Foto/Michael Noble Jr.)

Las historias de los estudiantes, escritas en español, fueron recopiladas en el libro escolar que narra la vida en Honduras o El Salvador, con padres que son extorsionados por pandillas. Explica también el frío pasado en centros de detención en la frontera. Describe la falta de alimentos en la travesía hacia Estados Unidos, el dolor al dejar a parientes en su país de origen y hasta los miles de dólares pagados a coyotes para poder cruzar la frontera. La esperanza y los sueños también están presentes en el cuaderno de 88 páginas, titulado “Por un mejor futuro”.

La mayoría de los niños de la clase de Mendoza, en la East Middle School, en el poblado de Brentwood, llegaron hace tan sólo unos meses aunque algunos llevan ya un par de años en la zona. Varios son considerados por el gobierno estadounidense como “menores no acompañados” porque viajaron con hermanos o primos, pero sin sus padres. Otros lo hicieron con ellos. Algunos ya han logrado asilo o viajaron con un visado mientras que otros están obligados a comparecer en la corte migratoria hasta que un juez decida su futuro.

“Estos niños han pasado por todo esto, pero vienen a la escuela cada día con una sonrisa y están aprendiendo. Eso es positivo. Han encontrado el valor de plasmar estas experiencias en el papel”, dijo Mendoza.

A los administradores de la escuela les conmovió el trabajo, sobre todo después de lo ocurrido en Brentwood y la cercana Central Islip en los últimos meses: los restos de once adolescentes han sido encontrados en bosques y descampados de estos dos pueblos desde el inicio del año escolar. Las autoridades locales aseguran que todo apunta a la pandilla hispana MS-13 que aterroriza la zona desde hace años. La más joven de las once víctimas tenía 15 años.

Las autoridades locales aseguran que muchos de los miembros de la MS-13 en Long Island forman parte de los más de 165,000 menores no acompañados que se han distribuido por Estados Unidos desde 2013. El condado de Suffolk, que incluye Brentwood y Central Islip, ha recibido a más de 4,500.

“Los niños de 12 y 13 años que llegan, si no los educamos rápidamente, les enseñamos cosas positivas y les hacemos sentir exitosos, se unirán a una pandilla”, dijo Mendoza. “Estos son niños muy inocentes que han pasado por algo traumático y que necesitan apoyo”.

El director de la escuela, Barry Mohammed, dijo que él y los administradores del centro se esfuerzan por evitar que los jóvenes en la escuela caigan en manos de pandilleros. “Además de una educación, nos fijamos en todos los aspectos que rodean a un niño… para que no tomen ese camino”, dijo.

Ismael Esquivel, un salvadoreño de 12 años, dibujó en el libro la pistola que vio en el tablero de mandos de un vehículo en el que viajó hacia el norte, pero el resto de dibujos en el cuaderno expresan el optimismo de llegar a una vida mejor: son caminos marrones que llevan a la frontera, rodeados de montañas verdes y ríos azules.

“Doy gracias a Dios porque me trajo bien a los Estados Unidos, porque no todos sobreviven en el camino”, escribió el joven salvadoreño Rivera, el niño que no comió por tres días. “Doy gracias a Dios por los sueños que voy a cumplir en Estados Unidos”.